Monthly Archives: October 2012

UNA DE PECES GORDOS Y GRANDES

ENTRE PECES GORDOS ESTÁ EL MENÚ

El sábado 20 de octubre, abrieron en mi Olivenza natal una tienda de mascotas, en el barrio conocido como “Los Amigos”. Algunos de los niños del coro con los que ensayo los sábados por la mañana me pedían ese día que acabásemos de ensayar un poco antes, no fueran a quedarse sin su regalo. El reclamo publicitario, ingenioso a la vez que tremendamente antiguo, consistía en que todos aquellos menores que fueran acompañados por sus padres serían recompensados con un hermoso pez de color naranja, saliendo de la tienda todos acompañados con la preceptiva pecera, nueva mansión del susodicho animalito, y la necesaria comida, complementos donde rentabilizar el regalo. Estrategias de marketing y comerciales aparte, lo cierto es que los peces, no solo los de color naranja, son animales bastante humanos, o quizás somos nosotros los que somos demasiado animales.

Una semana más tarde, en el mismo ensayo, pregunté a varios de ellos como se encontraban sus nuevas y acuáticas mascotas. Carmen, de 10 años, tras confirmarme que el nuevo inquilino vertebrado de su casa sigue vivo y con una salud envidiable, pasó a hacerme una descripción exacta con todo lujo de detalles sobre el tacto, color, textura y hasta aficiones de su pez, al que llevaba una semana entera manoseando, observando y cuidando, pero entre tanto gozo tenía una preocupación. Según decía, su prima, quien disponía de una de estas mascotas comprada hacía ya tiempo, y bautizado como “Luisma” en las mismas aguas en las que vivía y jugaba, le había dicho que le llevase a su pez para que jugase con Luisma, que desde la muerte del otro pez, “Barajas”, en extrañas circunstancias de peleas y dieta impuesta por su compañero, no había vuelto a tener compañía alguna en su palacio, demasiado grande para un solo pez, extremo que me temo no era compartido por el implicado. Carmen se mostraba preocupada por la invitación y se negaba a dejar convivir en la misma pecera a su pequeño amigo con el bien criado pez de su prima, al menos no sin medidas cautelares y orden de alejamiento previa. En su mente, gravado casi sin esfuerzo a base de repeticiones y dichos populares, tenía gravado que el pez grande siempre se come al chico, que el pez gordo sólo puede engordar robando al más pequeño su comida, que Luisma había maltratado a Barajas y que el pequeño debía ser protegido. Sólo aceptaría la oferta si los peces jugaban vigilados o separados por algún instrumento que le impidiese hacerle daño, para que en si el pez grande se aprovechaba del pequeño, castigar al grande. Curiosa la mentalidad infantil de protección, algunos dirían que desnaturalizada, pues la ley de la naturaleza muestra que la supervivencia del más fuerte debe ser la norma, y desde el colegio se nos inculca que además eso es lo deseable si deseamos un superhombre al más puro estilo de Nietzsche, evolución lo llaman, postulado del que derivamos que los leones son seres más evolucionados que nosotros, pues son más fuertes.

Tras esta trivial conversación se me ocurrió utilizar esta historia para explicar algo que hasta ese momento se me antojaba complicado, complejo, arduo y hasta aburrido, el sistema bancario español y su funcionamiento.

Durante muchos años, nuestros bancos se dedicaron a endeudarse, a comer su ración diaria y la de millones de ciudadanos, auspiciados por cuidadores poco cautelosos y con un espíritu paternalista/maternalista más que cuestionable. Pero no pagaban las facturas de su menú, el menú era costeado por sus clientes, quienes además de satisfacer la parte del menú que le habían traspasado debían invitar al postre, al café, a los chupitos y a las copas, hasta que el cuerpo bancario aguantase, y ya sabemos que, en ese caso, no tiene fondo. Nadie, ni de un lado ni de otro, se preocupó por vigilar a los peces grandes, le dejaron la pecera a su aire, se dedicaron a echar comida sin siquiera observar cómo se la repartían, dejaron a los nuevos peces desamparados. Casi sin enterarnos, nos fueron arrinconando en la pecera, haciéndose cada vez más y más grandes. Eso que tanto parece preocupar en otros sectores y para lo que existe una legislación concreta con sanciones y prevenciones, el llamado oligopolio, es decir, que unas pocas empresas sean las que controlen todo el mercado sin dar lugar a la competencia, aquí parecía ser bueno. Y de este modo, se incitó mediante una ley (de esas que son legales, pero no justas ni morales) a la concentración bancaria, esto es, a que los peces gordos se comieses a todos aquellos peces pequeños que pudieran para tener cuantos menos peces en la pecera mejor, se les sobrealimentó hasta llegar al nivel de obesidad actual y se promulgó el fin de las Cajas de Ahorro y de su obra social como la panacea mundial de la eficiencia bancaria española. A estos peces se les daba todo lo que pedían, menores tipos impositivos (hasta se inventaron unas cosas llamadas “sicavs” para tributar al 1%), menores controles, coeficientes de reservas más bajos y hasta indultos por sus delitos, que se unían al indulto de sus pecados comprados a base de talonario mediante patrocinio de eventos como la JMJ de Madrid. Pero resultó que estos animales además de más grandes se fueron haciendo más imprudentes, tanto que llegaron a quedarse casi sin agua ni comida en la que sobrevivir (eso sí, no vivieron por encima de sus posibilidades, eso solo lo hicieron los ciudadanos, a quién se le ocurre querer vivir en una casa, tener coche, comprar muebles y hasta comer todos los días, vicios innecesarios, por supuesto) y en ese momento, casi milagrosamente, quizás oídas sus quejas por Dios a través de sus financiados altos cargos, apareció el desaparecido cuidador, el laxo regulador y hasta el paternalismo desterrado. Que no hay agua para mi pez gordo, se la quito a los demás peces, que no hay comida para tanto pez, pues alimento a estos grandes y dejo que mueran los pequeños, esa parecía ser la filosofía de un Estado cada vez más alejado del mundo real y menos conocedor de sus peces, resumida en la máxima “demasiado grande para dejarlo caer, porque si caen ellos caen todos”. De esta manera nos convencieron de que teníamos que ayudarlos, pues era la única salida, y de no hacerlo, perderíamos  nuestros ahorros. ¡Ay, cuán ingenuos somos a veces! Se nos había olvidado que el rescate bancario era fruto de las imprudencias de sus directivos (jubilados y despedidos a base de talonario, pero talonarios tan grandes que no caben en carteras al uso), que lo que se defendía era el Balance del banco (un papelito detrás del que se esconden millones de tragedias familiares) y se les pasó explicarnos que nuestros ahorros ya estaban garantizados sin necesidad de rescate, pues si el banco caía el Estado nos devolvería todos nuestros ahorros hasta un máximo de 100.000 euros depositados en cada entidad según el Real Decreto-ley 16/2011, de 14 de octubre. Pero al parecer esto era una tragedia, supongo que serán muchísimos los ciudadanos con cuentas individuales en las que acumulan 100.000 euros (200.000 euros por matrimonio y banco), y claro, había que proteger a esa masa ingente de españoles. Desprotegimos al pez pequeño y sobre-protegimos al grande. Estos peces gordos se habían dedicado a dar hipotecas para que las familias pudieran tener su pequeña pecera para vivir, pero claro para el banco valían 300.000 euros y para el mercado 120.000. ¿Solución? Muy sencilla, el Estado compra todos esos “activos tóxicos” por lo que dice el banco que cuestan y se los queda para venderlos en un futuro muy por debajo de lo que lo ha comprado. ¿Y aquellas peceras que valen más en el mercado de lo que a los bancos les queda por cobrar? No, no, serán bancos, pero no idiotas, esas se las queda el banco, por no darle tanto trabajo al gobierno. Esto es lo que se llama “rescate”, es decir, Bankia que había contabilizado casas por un valor determinado, al ver que ahora su precio es menor se las vende al Estado por el precio que ellos habían dicho que costaban, pero al señor Blesa y al señor Rato no se les ocurrió traspasar las viviendas en las que obtenían beneficios, lo que se viene llamando “privatización del beneficio y socialización de las pérdidas”. ¿Se imaginan ustedes que esto que les cuento pasase con la fruta en lugar de con las casas y al frutero de su esquina en vez de a los bancos? ¿Qué habría pasado si el frutero gestionase mal su negocio y comprase demasiadas manzanas a un precio alto? Todos lo sabemos, nos quedaríamos sin frutería cerca de casa. Inconvenientes de montar un negocio que no sea un banco.

Paradojas de la vida, mientras a cada español le cuesta 1080  euros pagar los excesos que cometieron los peces gordos, estos peces desahucian de sus peceras a miles de ciudadanos cada mes, lo dicho, demasiado grandes para dejarlos caer, y al parecer, también demasiado grandes para tener sentimientos.

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Tiburones de NYC

Tiburones de NYC

Noticia: tiburones en NYC, estos nadan en vez de ir en coches con chófer, comen cuando tienen hambre en lugar de robar al resto del mundo, viven en el agua no en caros apartamentos, y son menos agresivos que sus tocayos de Wall Street, si los newyorkinos son capaces de vivir con los otros “tiburones”, eufemismo de sinvergüenzas sin escrúpulos, podrán vivir con estos, que parecen más amigables

MOTIVOS PARA ESCRIBIR, RAZONES PARA ACTUAR

Muchas han sido las veces que me había planteado abrir un blog desde el  que compartir todos mis pensamientos, deseos, inquietudes y reflexiones, pero nunca encontraba el momento, la forma, la  oportunidad o el cómo empezar, hasta ayer por la tarde.

Andando por la calle Jacobo Rodríguez Pereira de la capital de nuestra provincia, no pude menos que estallar en un sentimiento que no sé explicar, una mezcla extraña entre la rabia, la impotencia, el desánimo y las ganas de acabar con todo, un sentimiento provocado por una imagen que meses antes había observado con ira y remordimiento en la tercera avenida de la gran capital del mundo, Nueva York, la ciudad de los rascacielos y las oportunidades. Puede parecer lejano, podemos incluso llegar a creer que esas cosas no pasan en nuestra querida Extremadura, un pueblo grande en el que todos nos conocemos y con un espíritu rural de humildad, solidaridad y apoyo, pero aquella esperpéntica escena se repetía a un lado y a otro del océano, separados por miles de kilómetros, pero condenados por el mismo sistema. Caminando, como decía, me crucé con un señor mayor, de unos 70 años, que cargaba con una mano unos cartones que, intuyo, había pedido instantes antes en el bar de la estación de autobuses y en la otra, una bolsa grande de plástico llena de botellas  y demás productos de plástico, seguramente depositados por los vecinos pacenses en contenedores y papeleras. Arrastraba la pila de cartones atados con una cuerda mientras  se echaba a la espalda la bolsa de botellas, buscando nuevos contenedores o papeleras con la mirada perdida con los que conseguir algo más para poder comer. Me quedé paralizado, en New York, seguramente me habría acercado a ofrecerle algo de comer o de dinero, como hicimos varios compañeros en más de una ocasión, pero el cambio de escenario me impactó tanto que no fui capaz ni de reaccionar. Paré, me quedé como una estatua en la esquina entre la calle Jacobo Rodríguez Pereira y la calle de los Hermanos Maristas, durante unos segundos se me hizo eterno el tiempo, hasta que alguien que pasaba por allí me preguntó ¿necesitas ayuda? ¿Buscas alguna dirección? Que si necesito ayuda, a 10 metros hay un señor de 70 años buscando entre la basura y me pregunta a mí si yo necesito ayuda. Es de agradecer la voluntariedad de esta persona, pero ¿acaso no estaba viendo como yo aquella escena grotesca, injusta e inmoral? Al final el jubilado desapareció de mi vista, mientras iba con la cabeza baja y con el corazón en un puño a entregar las actas del partido de fútbol que había dirigido la tarde anterior, avergonzado de mí mismo por no haber sido capaz de reaccionar a tiempo, de acercarme a ofrecer ayuda y a preguntar cómo era posible que una persona de 70 años, que seguramente haya trabajado toda su vida, acabe en la calle recogiendo cartones y plásticos, con las ropas rotas y con la piel llena de suciedad.

No quiero una sociedad así para mis abuelos, ni para mis padres, ni para mí, ni para mis hijos, ni para mis nietos, ni siquiera para las personas que a lo largo de mi vida me hayan podido resultar desagradables o molestas.

Decía Tocqueville que “la sociedad debe juzgarse por su capacidad para hacer que la gente sea feliz”, si juzgamos así esta sociedad que tanto ha costado construir creo que acabaría siendo condenada a muerte. No quisiera entrar en el debate filosófico acerca de si la sociedad es fruto de los miembros que la componen o son los miembros que la componen fruto de esa sociedad, me inclino por pensar que la influencia es mutua y, por ello, me mueve la fe de saber que el modelo social que nos quieren imponer desde ciertas esferas interesadas no tiene porqué triunfar, que podemos decidir nuestro destino y el sistema social que deseamos. Creo que el Estado Social del Bienestar y de Derecho está perdiendo todo lo que ello  significa, desde Estado hasta Derecho, y se está perdiendo, porque nos estamos dejando ganar.

No quisiera parecer demagógico ni hipócrita, pues yo fui el primero que se quedó paralizado, pero si la sociedad la forman sus miembros ya va siendo hora de despertarse y empezar a construir lo que queremos, que dudo mucho que sea hacia lo que nos están llevando, de no ser así, me declaro fiel detractor de la sociedad española y apóstata de sus principios y filosofías.

Tiempos de Silencios

Tiempos de Silencios