Monthly Archives: January 2013

LA NECESIDAD DE DIVIDIR

UN MIX EXPLOSIVO

Hace más de 3 siglos hubo un señor llamado Montesquieu que cansado de ver el mal funcionamiento de su sociedad escribió un maravilloso libro llamado “El espíritu de las leyes”. Maravilloso no por entretenido, ni siquiera por el lenguaje utilizado ni por la belleza de la prosa, maravilloso por las ideas que contenía. Este libro fue el inicio de la división de poderes en el mundo Moderno. Los jueces a juzgar, los políticos a gobernar y el parlamento a redactar leyes. Tantas fueron las mejoras de este sistema que hoy a nadie se le ocurre cuestionar que la división de poderes además de beneficiosa es necesaria (aunque nuestro gobierno siga manteniendo un anacrónico poder que le permite indultar a diestro y siniestro a amigos, socios y demás chorizos afines, sin dar ninguna razón más que su santísima voluntad).

Por suerte para él y por desgracia para nosotros, en la época de Montesquieu el ámbito privado y el ámbito público no vivían las situaciones que en nuestro país y en otros muchos estamos observando. La división entre los ámbitos público y privado (que nace con la conciencia de individualidad no de individualismo), surge como una necesidad tan clara como la de la división de poderes, pero pierde su sentido cuando ambos ámbitos en lugar de aspirar a objetivos dispares comparten sus aspiraciones. El ámbito público tiene como fin fundamental la defensa de los intereses de todos y todas, y en caso de no poder ser así, la defensa de los intereses de la mayoría, eso que llamamos democracia, pero cuando se desvirtúa lo público con intereses personales y partidistas, se pierde la confianza en las instituciones y la sociedad empieza a percibir que no es necesaria “tanta Administración”, al fin y al cabo, no están defendiendo lo que es de todos, sino su interés particular.

Si queremos que los ciudadanos vuelvan a confiar en la política, perdón, en los políticos, es absolutamente necesario que empecemos a darnos cuenta de que lo público y lo privado no es lo mismo, es más, suele  ser contradictorio. Necesitamos nuevas leyes que eviten que los altos cargos puedan favorecer a empresas privadas con dinero de todos y después acaben cobrando cifras millonarias en ellas (llámese rescate bancario par que me paguen conferencias, indultar a cambio de condonación de deuda, privatizar Endesa para formar parte de su Consejo o ceder los análisis clínicos a Unilabs para que me contraten cuando deje de ser consejero), pero sobre todo, más que nuevas leyes, necesitamos nuevos valores, una nueva ética. Precisamente aquellos que se muestran como el parangón de la ética en España (PP, Opus Dei,…) son aquellos en quienes estamos descubriendo mayores barbaridades (cuentas en Suiza incluidas).

Basta ya de permitir tanto recorte y tanta privatización, basta de tanta tontería, no es cierto que la gestión privada sea mejor que la pública, los que hacen buena o mala una gestión son los gestores, por eso necesitamos buenos gestores y buenos sistemas de gestión, y no enviados serviles del sector económico privado que desangren a nuestra sociedad para hacer(se) ricos a unos pocos. A todo aquel que defienda que la gestión privada de la sanidad es mejor que la pública le remito a conocer el famoso Modelo Alzira y todas las trampas estadísticas que pueden hacerse.

Señores gobernantes, no basta con parecer honrado, además hay que serlo.

 

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IBARRA, PATENTE SOCIALISTA

IBARRA, PATRIMONIO DEL PSOE

Parece ser que a pesar de los muchos esfuerzos de ciertos diarios por censurar entre sus páginas a Rodríguez Ibarra, el ex-presidente resulta tan necesario para tener éxito en esta región como el aire para poder seguir respirando.

La semana pasada nos encontrábamos entre las páginas del diario HOY un artículo escrito por Manuela Martín, un análisis político que hablaba de un triángulo de actores, un triunvirato de presidentes autonómicos con extrañas relaciones entre ellos. A nadie se le escapa el intento, y aún más, el enorme esfuerzo del señor Monago por mostrarse a sí mismo como el sucesor de Ibarra y por mostrar a Fernández Vara como una antítesis a la buena política, las buenas costumbres y la manera correcta de hacer región y, de momento, parece que el verdadero gobernante de la Comunidad, su jefe de marketing, lo está consiguiendo. Pero ¿acaso se podría esperar otra cosa del dirigente de un partido sin historia o, más bien, con una historia que pretenden hacernos olvidar? A mí desde luego me parece normal, no creo que al señor Monago ni a ningún otro le resulte de orgullo personal mostrarse como sucesor de un franquista que firmaba sentencias de muerte, por muy fundador de su partido que sea. ¿Podríamos anhelar algo distinto de una persona tan simple que no puede encontrar una esencia propia si no es imitando a sus predecesores? Un imitador queridos lectores, un imitador que no consigue superar a sus originales. Mientras estaba en la oposición se dedicó a imitar a Fernández Vara hasta un punto tan esquizofrénico y enfermizo que llegó a copiarle la manera de ser, las propuestas, la agenda que seguía, la forma de expresarse y hasta el pin que llevaba éste en la chaqueta. Una vez gobernando optó por copiar las maneras y hasta las palabras de Rodríguez Ibarra, desde luego con bastante poco éxito aunque le eche muchos “collons”. En economía esta forma de hacer la cosas, no están mal vistas, se llama “benchmarking” y funciona en los casos en los que se hace adecuadamente, pero por desgracia para él, el actual presidente no es capaz si quiera de copiar adecuadamente. En el mundo político es otra historia, los ciudadanos buscan originalidad, nuevas propuestas y alguien capaz de ser sí mismo sin necesidad de parecer un paranoico imitador.

El señor Monago, aunque cristiano, no parece estar por la labor de cumplir el séptimo mandamiento y pretende adueñarse de lo que no le pertenece. Por mucho que le duela al señor Monago y, me atrevería a decir, a la periodista Manuela Martín, Rodríguez Ibarra es patrimonio del PSOE y si a alguno de ellos o a cualquier otro le queda alguna duda que se lo pregunte el propio ex-presidente.

En fin, resulta que sin Ibarra ni Monago ni la señora Martín saben qué decir, cómo decirlo o cómo venderse a ciudadanos y lectores, pero para su desgracia la patente Ibarra y la patente Vara son socialistas, todo lo demás, simples imitaciones con un buen plan de marketing, y como toda imitación, lejos de alcanzar la suela de los zapatos de sus imitados.