LA NECESIDAD DE DIVIDIR

UN MIX EXPLOSIVO

Hace más de 3 siglos hubo un señor llamado Montesquieu que cansado de ver el mal funcionamiento de su sociedad escribió un maravilloso libro llamado “El espíritu de las leyes”. Maravilloso no por entretenido, ni siquiera por el lenguaje utilizado ni por la belleza de la prosa, maravilloso por las ideas que contenía. Este libro fue el inicio de la división de poderes en el mundo Moderno. Los jueces a juzgar, los políticos a gobernar y el parlamento a redactar leyes. Tantas fueron las mejoras de este sistema que hoy a nadie se le ocurre cuestionar que la división de poderes además de beneficiosa es necesaria (aunque nuestro gobierno siga manteniendo un anacrónico poder que le permite indultar a diestro y siniestro a amigos, socios y demás chorizos afines, sin dar ninguna razón más que su santísima voluntad).

Por suerte para él y por desgracia para nosotros, en la época de Montesquieu el ámbito privado y el ámbito público no vivían las situaciones que en nuestro país y en otros muchos estamos observando. La división entre los ámbitos público y privado (que nace con la conciencia de individualidad no de individualismo), surge como una necesidad tan clara como la de la división de poderes, pero pierde su sentido cuando ambos ámbitos en lugar de aspirar a objetivos dispares comparten sus aspiraciones. El ámbito público tiene como fin fundamental la defensa de los intereses de todos y todas, y en caso de no poder ser así, la defensa de los intereses de la mayoría, eso que llamamos democracia, pero cuando se desvirtúa lo público con intereses personales y partidistas, se pierde la confianza en las instituciones y la sociedad empieza a percibir que no es necesaria “tanta Administración”, al fin y al cabo, no están defendiendo lo que es de todos, sino su interés particular.

Si queremos que los ciudadanos vuelvan a confiar en la política, perdón, en los políticos, es absolutamente necesario que empecemos a darnos cuenta de que lo público y lo privado no es lo mismo, es más, suele  ser contradictorio. Necesitamos nuevas leyes que eviten que los altos cargos puedan favorecer a empresas privadas con dinero de todos y después acaben cobrando cifras millonarias en ellas (llámese rescate bancario par que me paguen conferencias, indultar a cambio de condonación de deuda, privatizar Endesa para formar parte de su Consejo o ceder los análisis clínicos a Unilabs para que me contraten cuando deje de ser consejero), pero sobre todo, más que nuevas leyes, necesitamos nuevos valores, una nueva ética. Precisamente aquellos que se muestran como el parangón de la ética en España (PP, Opus Dei,…) son aquellos en quienes estamos descubriendo mayores barbaridades (cuentas en Suiza incluidas).

Basta ya de permitir tanto recorte y tanta privatización, basta de tanta tontería, no es cierto que la gestión privada sea mejor que la pública, los que hacen buena o mala una gestión son los gestores, por eso necesitamos buenos gestores y buenos sistemas de gestión, y no enviados serviles del sector económico privado que desangren a nuestra sociedad para hacer(se) ricos a unos pocos. A todo aquel que defienda que la gestión privada de la sanidad es mejor que la pública le remito a conocer el famoso Modelo Alzira y todas las trampas estadísticas que pueden hacerse.

Señores gobernantes, no basta con parecer honrado, además hay que serlo.

 

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